Camila Valero, la periodista que desafía al algoritmo contando historias invisibilizadas
- ineinsua
- May 20
- 6 min read

Especializada en derechos humanos y con una amplia comunidad digital, comparte relatos para ayudar a reflexionar sobre la necesidad de crear lazos más humanos.
En tiempos donde todo parece competir por atención inmediata, la periodista Camila Valero (33) elige detener la mirada en aquello que otros no quieren o no se animan a ver. Mientras las redes premian la velocidad y la creación de brechas, ella en cambio usa sus plataformas para hablar de guerras olvidadas, migraciones forzadas y una violencia que, en muchas partes del mundo, parece haberse naturalizado.
Con más de un millón de seguidores en TikTok, podría haberse quedado en la superficie de la conversación digital. Pero lo suyo no es buscar impacto vacío, sino llevar luz sobre causas invisibilizadas y proponer otra forma de mirar los derechos humanos y las crisis humanitarias. Lejos de la lógica del consumo rápido de información, insiste en recuperar algo que considera esencial: la capacidad de escuchar historias, de generar conexiones reales y de sostener vínculos en un contexto de creciente aislamiento.
—Te pedí que trajeras un elemento para presentarte y elegiste una de las cámaras de tu abuelo fotógrafo. ¿Por qué?
—Me gusta pensar que mi abuelo, con su cámara, me enseñó a mirar y a buscar historias, eligiendo dónde focalizar la mirada para encontrar lo que otras personas no ven. Muchos de los contenidos que hago en redes están fuera de agenda, no tienen cobertura nacional. Incluso la cobertura internacional es poca. Por ejemplo, uno de los temas que estoy cubriendo ahora es la guerra en Sudán y me pregunto qué es lo que sucede para que nadie lo esté mirando. Me motiva llevar esos contenidos a las redes para que seamos más los que sepamos acerca de lo que está pasando. Ese es el sentido de por qué elegí su cámara: representa mi manera de mirar.
—¿Por qué decidís enfocarte en temas que, como decís, están fuera de agenda?
—Hay algo que me interesa de las cosas no vistas, para dar luz a ciertas causas que no están tan promocionadas. Por uno de mis trabajos empecé a visibilizar estas temáticas y cuando se lo contaba a mis amigos o a mi familia, me daba cuenta de que desconocían lo que estaba pasando, pero que realmente les interesaba. Así es como empecé a hablar de noticias de derechos humanos, derechos de las mujeres, injusticias, situaciones trágicas, lamentablemente. Pienso que si somos más los que nos centramos en esto, algo puede cambiar. Es lo que me mantiene con el coraje de seguir cubriéndolo.
—Tu trabajo te lleva a poner el cuerpo en situaciones extremas. ¿Cuál fue el viaje que más te marcó?
—Fue un viaje a Kenia, en el que fuimos a investigar sobre la mutilación genital femenina. Se trata de una práctica cultural que sucede en muchísimos lugares del mundo, donde la mayoría de los matrimonios son arreglados. Las madres y abuelas alteran los genitales femeninos de las niñas bajo la creencia de que, de esa manera, las mujeres en el futuro van a ser fieles a sus esposos. No realizan esta práctica con la intención de generar un daño sino todo lo contrario: creen que están preparando a esas niñas para ser mejores ciudadanas del mundo. Por eso es muy difícil de entender, porque vivimos en una sociedad totalmente distinta.
En ese contexto, conocí a un grupo de mujeres que, cuando fueron madres, tuvieron la valentía de interrumpir la mutilación de sus hijas. No podían aceptar que algo que les doliera tanto pudiera estar bien. Hoy tienen una casa para acoger a mujeres que huyen de matrimonios forzados y ofrecer educación acerca de las posibilidades que tienen. Ese viaje me transformó totalmente.
—Elegir un camino diferente al heredado requiere de mucha valentía, de mucha autenticidad y de mucha libertad. ¿Qué aprendiste sobre la libertad al conocer a estas mujeres?
—Aprendí que es totalmente necesaria, pero también que la libertad individual por sí sola no sirve. Aprendí que vivimos en comunidad y que poder ayudarnos entre nosotros es vital. Si bien ellas volvieron a conectar con sus raíces y a hablar con sus familias, romper con su comunidad fue súper fuerte. La libertad es recontra necesaria, es vital para la vida. Creo que hoy en día la palabra está muy bastardeada; se ha usado políticamente en todos lados y se ha ensuciado un poco. Incluso creo que perdió un poco el sentido por esa utilización.
—Pensando que las crisis sistémicas limitan nuestra libertad, ¿qué les pedirías hoy a los tomadores de decisiones?
—Mi pedido es que vuelvan a la comunidad, que piensen en un país mejor y no se queden en las peleas constantes. Creo que estamos en un momento de mucha confrontación, en el que no hay puentes. Somos todos uno, un solo país, y tenemos que trabajar juntos para lo que viene. No me parece que estén acusando recibo de eso.
—¿Qué podría implicar la vuelta a la comunidad para los ciudadanos de a pie?
—En la pandemia nos volcamos todos a lo digital por cuestiones sanitarias. Creo que eso tuvo efectos que estamos viendo hoy. Está bueno volver a los encuentros presenciales. Hasta la militancia política se desvaneció un poco en estos años, Pienso en la vuelta a la comunidad como posibilidad de empatía, de mirar al otro de vuelta, de dejar de odiar por el hecho de que piense distinto. Me parece que en la calle, los clubes, los espacios comunes era más fácil hermanarse. La presencia hace que nos sintamos más cerca o que podamos discernir, pero también conversar. Al final, más que conectarnos, las comunidades virtuales nos alejaron.
—Pienso que en las comunidades locales hay un enorme potencial para encontrar soluciones a los problemas que las afectan. ¿Conociste algún caso que te haya inspirado y dado esperanza?
—En Sudán conocí una ONG para personas que tuvieron que huir de sus hogares y que viven en una situación muy precaria. Se juntan a bordar, a tejer, a coser, a hacer manualidades. A raíz de este espacio, muchas mujeres que quedaron desplazadas y que no tenían trabajo antes de la guerra, encontraron un oficio al que poder dedicarse y con el que obtener un ingreso de dinero para darle de comer a sus hijos. Eso ya me parece maravilloso. Pero a esto se le suma que, mediante estos talleres y cursos, logran generar confianza y empezar a hablar de lo que vivieron. Empiezan a transitar el trauma. Personas que quizás habitaban ciudades y pueblos muy distantes empezaron a conectar y a hermanarse por compartir el sufrimiento y poder hablar al respecto. Me pareció algo tan simple como maravilloso, que no requiere de nada más que de tener ganas de hacerlo. Es comprometerse un poco con la situación e intentar aportar de alguna manera desde el lugar de cada uno.
—Estás en contacto con extremos: casos llenos de esperanza, de comunidad, de posibilidad, y al mismo tiempo con situaciones que parecen sin salida. ¿Qué te pasa a vos en términos de construcción de sentido personal? ¿Cómo te atraviesa este gran abanico que vivís?
—Pone en perspectiva toda tu vida. Intento bajarlo a pensar qué puedo aportar yo, qué puedo hacer con esto. Me respondo que hago lo que puedo. Contar estas historias a través del periodismo es mi trabajo y mi pasión, pero también entiendo mis limitaciones. A veces siento que hago poco cuando veo el trabajo de personas en organizaciones que pasan meses ahí; me dan ganas en algún momento de tener una experiencia de conectar realmente con el lugar y dar una mano, no solamente contarlo en las redes.
—¿Qué pasa cuando trabajo y pasión se solapan? Porque me imagino que tiene mucha potencia, pero también un «lado B».
—Sí, creo que el lado B es no frenar. Vengo de unos meses de preguntarme cómo dividir mi vida personal de lo laboral. Soy independiente y trabajo mucho desde mi casa, que implica hacerlo a conciencia. Era más fácil cuando iba a la redacción y salía a las cinco de la tarde. También me pasa que, de repente, surge una noticia de último momento que me parece interesante cubrir y los algoritmos de las redes sociales lo premian. Por eso, el lado B implica cuidar mi vida personal y no estar trabajando hasta las diez de la noche.
—¿Qué hábitos te ayudan a cuidarte?
—Busco actividades recreativas, que no necesariamente impliquen hacer algo útil. No quiero estar todo el tiempo pensando en cómo me va a servir. Es un trabajo diario recordarme que no todo tiene que ser productividad. De repente estoy sola en casa y puedo quedarme hasta las once de la noche haciendo un guión. Me encanta, pero después duermo mal. Qué sé yo, problemas de privilegio.
—Hablando de privilegios: ¿cuál es tu aprendizaje más valioso después de ver realidades tan distintas?
—Que somos muchos más de los que creemos los que empatizamos y queremos que las cosas mejoren. Los que conectamos con esas historias, los que nos indignamos o creemos que hay algo para hacer, aunque no sepamos qué ni cómo. Empezar a hacer contenido me permitió conectarme con un público que no pensé que estaba, y me sorprendió ver cuánta gente se interesa genuinamente en mirar al mundo y empatizar. Me parece maravilloso conectarnos desde ese lugar.
👉 Leé la nota completa en la Revista Sophia: https://www.sophiaonline.com.ar/camila-valero-la-periodista-que-desafia-al-algoritmo-contando-historias-invisibilizadas/



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