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Del lado de la audacia: Delfina Irazusta, la emprendedora social que transforma realidades locales


La directora global de RIL reflexiona sobre cómo sostener la templanza frente a las desilusiones y asumir el desafío de liderar sin miedo.


El contexto en el que nacemos influye y delimita las posibilidades que tenemos a nuestro alcance. Habiendo pasado por la experiencia de vivir en diferentes ciudades, Delfina Irazusta lo entendió pronto y decidió perseguir una visión: lograr que todas las personas tengan igualdad de oportunidades, sin importar el lugar donde hayan nacido. Con este horizonte, hace doce años fundó la Red de Innovación Local (RIL), una asociación civil que trabaja con gobiernos locales en el sur global para potenciar su gestión y mejorar la calidad de vida de la ciudadanía, creando consensos y acompañando procesos para garantizar la educación, la gobernanibilidad y la transparencia.


En 2019, cuando entrevistamos a Delfina por primera vez, RIL trabajaba junto a 150 gobiernos locales y estaba conformada por 60 colaboradores. Su recorrido demuestra que lo que afirmó siete años atrás “desde que empecé, siempre estamos rompiendo límites” es cierto. Hoy, la estructura alcanzó otra magnitud: ya son 130 personas trabajando para más de 800 gobiernos locales, con la meta de llegar a 8000 en los próximos diez años. A esto se suma la expansión de sus capítulos en diferentes países: a la oficina de Argentina se agregaron sedes en Uruguay, Colombia y Brasil, con miras a expandirse hacia Perú, Chile y México. 


Sin embargo, para ella el éxito no es solo una cuestión de escala, sino de cómo se transita el camino en la organización.


—RIL nació como un prototipo para tu tesis de grado y hoy apunta a operar en siete países. ¿Qué te genera ver que la organización ya no depende de tu presencia constante para operar? ¿Creés que ya te trascendió?


—Sí, en gran medida ya me trascendió. Sin embargo, veo que sigo siendo necesaria para el establecimiento de la organización. Creo que el rol más importante que cumplo hoy en RIL es el de guiar sin miedo en los momentos de incertidumbre. Lo mejor que hicimos fue armar una cultura para crear y en un año donde la inteligencia artificial paralizó a muchos, nosotros ya desarrollamos la herramienta que los gobiernos iban a necesitar. Tenemos confianza en nuestra organización, en todo lo que hacemos e impulsamos. Algunos miran desde afuera y piensan que somos unos inconscientes por operar sin un presupuesto cerrado para fin de año; otros dicen que somos audaces. Y, por lo que estamos haciendo, yo coincido en que estamos más del lado de la audacia.


—En gran medida, la asociación surgió para que los líderes de los gobiernos locales no estuvieran solos. En este equilibrio entre la inconsciencia y la audacia, ¿alguna vez te sentiste sola?


—Sola no, porque compartimos la responsabilidad entre quienes ocupamos el liderazgo de la organización. Pero algo difícil fue lidiar con las miles de desilusiones, los miles de “no” que llegaron a lo largo de nuestra historia, por la falta de una cultura de la filantropía en Argentina y también por la falta de confianza o la mezquindad política de algunos actores hacia los grandes problemas. Todos los meses hay que lidiar con la frustración y poner la confianza en el «sí que sale». Incluso los “no” son una alerta para ponerse a buscar cosas nuevas, porque tal vez te impulse a escribirle a alguien a quien, de haber estado un poco más cómoda, nunca le habrías escrito. Y quién te dice que ese mail que enviaste abre un capítulo mucho más grande.


—¿De dónde sacás la fuerza para renovar ese empuje constantemente?


—Generalmente, esa energía viene mucho del equipo y aparece cuando nos reunimos y compartimos lo presencial, cuando escuchamos lo que hace el otro… Sobre todo eso: al construir en equipo todo el tiempo te vas renovando. 


La energía también se construye fuera de la rutina. Las cosas que te marcan son generalmente las que pasan cuando salís del día a día. Hace poco un grupo se fue a Colombia a un viaje de inspiración y me dijeron: ‘Tengo el corazón expandido de todo lo que estamos logrando, acompañando a los intendentes y a sus equipos”. Ese es un ejemplo de cómo nos recargamos. 


—En esa vorágine de crear, ¿qué es lo que hoy más te enorgullece?


—El haber construido algo sano y la historia que podemos contar. En poco tiempo creamos una organización que pasa a ser un bien público para la Argentina y que parecería que ya se va a quedar, ¿no? Una organización que trasciende el liderazgo, que está establecida y, como me gusta decir, que va a hacer historia. Pero en este “hacer historia”, creo que la mejor historia es la nuestra.


—¿Y cuál es su historia? 


Es la de una organización que prioriza a las personas. Ya hace dos años que trabajamos hasta las cuatro de la tarde, en vez de hasta las seis, como otras. Y a pesar de que nos funciona espectacular, ninguna otra se anima a dar el paso. Por el contrario, te encontrás con colegas que todo el tiempo te dicen: «Estoy pasado, estoy saturado, no puedo más”. Ayer, una colaboradora de la organización me mandó un mensajito a las cuatro y media de la tarde y yo elegí responder: «Buenísimo, lo vemos mañana”. A propósito, porque la regla de las cuatro de la tarde también es para mí. Entonces, quizás lo que me enorgullece más es la forma en la que alcanzamos nuestros logros.


—¿Cómo hacés para que, con tanto crecimiento, los logros no pasen de largo?


—Me di cuenta de que a veces, con esta vorágine de siempre buscar más, las sorpresas, el disfrute y las celebraciones duraban muy poco. La templanza es un ejercicio que hay que traer y recordar. Como líder, muchas veces me pasa que quizás estoy un poquito desilusionada y, cuando viene alguien con otra desilusión, me toca sostenerlo. Entonces, al decirle que las cosas van a seguir, también me lo estoy recordando a mí misma. El paso del tiempo te da eso: ya nada es tan grave. Lo extraño es cuando ves a colegas que tenían mucha energía y de repente dicen: “Cada vez quiero convencer menos al otro para que se movilice”. Me interesa mirar el momento en que se pierden las ganas de convencer. 


—¿Sentís que vos las estás perdiendo?


—No, yo no, porque todavía estamos en la etapa de crear. Me levanto todos los días con el sentimiento de que estamos creando algo nuevo. Cuando escucho a mis colegas decir que están pensando en su próximo paso, me doy cuenta de que el paso en el que yo estoy es el presente. Mi etapa hoy es preparar a la organización para que entre en una fase de abundancia y que después vengan otras personas a dar sus propias batallas. El contexto cambia tanto que quizás después RIL tenga que hacer un giro de 180 grados, porque el contexto se va a seguir transformando.


—¿Qué desafíos trae el contexto hoy?


—Nuestra organización está en el rubro más afectado por la inteligencia artificial, que es el del conocimiento. Creo que nos movemos muy rápido y que estamos un paso adelante acompañando los cambios que vienen. En 2025, con apoyo de Google, desarrollamos nuestra propia inteligencia artificial, especialmente entrenada para potenciar a los gobiernos locales. Pero no dejamos de estar en un momento bisagra y de cara a un gran desafío. Por eso, vuelvo a lo mismo: se trata de guiar sin miedo, de seguir aportando valor y de lograr que lo que hacemos suene en armonía. 


 
 
 

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