El arquetipo del salvador: ¿qué hay detrás de querer rescatar al otro?
- ineinsua
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Una charla con Virginia Gawel para hablar sobre un rol que a veces asumimos sin darnos cuenta y nos lleva a ubicarnos en el lugar del superhéroe.
A veces creemos que nuestro valor está en ser un sostén para otros. Y traspasamos nuestros propios límites convencidos de que podemos con todo. Nos ponemos al servicio de los demás, incluso cuando nadie nos lo pide. No escuchamos el cuerpo cansado ni el deseo de detenernos. A veces por amor. Otras por culpa. O simplemente porque no sabemos hacerlo de otra manera.
El impulso de “salvar” puede parecer noble. Pero también puede volverse una trampa. ¿Qué pasa cuando la ayuda se convierte en sacrificio? ¿Qué hay detrás de esa necesidad, incluso cuando nadie nos lo pide o ni siquiera lo necesita?
Virginia Gawel es psicóloga, docente y pionera en la difusión de la Psicología Transpersonal en América Latina, además de columnista de Sophia. En esta conversación, nos invita a mirar de cerca un rol que muchas veces asumimos sin darnos cuenta: el del «salvador» o la «salvadora», y nos ayuda a comprender de dónde nace, cómo se sostiene y qué caminos pueden llevarnos a transformarlo en una forma más sana de vincularnos, tanto con los demás como con nosotros mismos.
—¿Por qué creés que algunas personas sentimos que nuestro valor está en ayudar o sostener a otros?
—Te diría que es distinto según la persona. En algunos casos depende de cómo se aprendió a ser querido. Por ejemplo, un niño que tiene que cuidar a su mamá enferma, a su papá alcohólico, a su mamá respecto de su papá o viceversa. Desde muy pequeño toma esa identidad y procura salvar, porque ayudar no alcanza. El niño va configurando esta personalidad porque sabe que si no cuida a su cuidador, no tiene quién lo cuide y no va a sobrevivir. Hay una impronta de supervivencia: si no me cuidan, me muero. Es una impronta muy fuerte que después se repite. Todos circulamos por el mundo de adultos apoyándonos con el cimiento de nuestras experiencias infantiles.
Creo que hay otra impronta, que nace desde lo profundo, que nos dice que vengamos a hacer algo útil a este planeta. La impronta sana sería “voy a colaborar con mi época”, como decía Carl Jung. Voy a ayudar a que mi época, hasta donde yo pueda tener influencia, sea lo más feliz posible, lo más sana posible, lo más luminosa posible.
Ese arquetipo es muy fuerte, porque todo arquetipo lo es. La raíz está en el inconsciente y, cuando se expresa desmedidamente a través de una persona, hay veces en que no se puede contener. Porque más allá de mis experiencias personales, que no son pocas, están las experiencias de toda la humanidad que ha vivenciado ese rol. Entonces, es como si uno fuera un superhéroe.
—¿Qué crees que diferencia a la impronta de colaborar con nuestra época de la de ser superhéroes o superheroínas?
—La palabra “colaborar” es muy importante. Colaborar es laborar con otros. Es tomar mi parte como en una orquesta, mi parti-tura. Yo toco el violín y el otro toca la flauta. Los dos son necesarios. Yo no puedo tocar ambos a la vez. Lo mío es el violín. Uno puede organizar su propia necesidad de colaborar con su época, con su entorno. Pero a veces eso llega después de haber sido muchas veces superhéroe. Cuando estoy tomada por un arquetipo, el arquetipo sale a través de mí en forma compulsiva y no lo puedo administrar. En neurociencia se dice que tiene un secuestro amigdalino.
—¿Qué creés que es necesario para pasar de un secuestro amigdalino, o de estar tomados por un arquetipo y funcionar compulsivamente, a poder tomar nuestra propia partitura?
—Sufrir. Lo siento, pero la verdad es que casi nada es tan instructivo. Uno puede leer, uno puede escuchar, pero hay un momento en donde uno no aguanta más ser como uno es y se da cuenta. Y se hace cargo de que no es el otro. La vida siempre nos pone personas que necesitan que les llevemos adelante la vida, pero no debería ser así. El fósforo se queja de la caja porque cada vez que la toca se enciende, ¿no? El problema es el fósforo. Un escarbadiente no se enciende. Esa apropiación es muy importante.
—¿Qué reflexión podés compartirnos al respecto?
—Un sabio taoísta decía que uno tiene dos vidas. La primera es hasta que se da cuenta de que solo tiene una y ahí empieza la segunda. De pronto me doy cuenta de que estoy desperdiciando mi única vida en ayudar a cruzar la calle a señoras que en realidad querían entrar al comercio de al lado. Hay una expresión en las psicologías de Oriente que es «samskara». Samskara significa semilla. Son propensiones que vienen con nosotros de otras vidas. ¿Cómo se hace para que una semilla no germine? La respuesta es: se la tuesta. Una semilla tostada no puede germinar. ¿Qué es tostar la semilla? Trabajar sobre eso sin cesar. Identifico mi rasgo, que puede ser este o cualquier otro, y sin cesar trabajo haciéndome cargo de que la semilla está en mí. Esta vigilancia sobre nosotros mismos es la única puerta posible hacia la libertad.
—Para quienes queremos aprender a ejercer esta vigilancia, ¿qué sería importante que tengamos en cuenta?
—Hace falta que uno tenga disposición a ser eficaz en la administración de su propia vida, como si fuera su comercio, su empresa, su institución. La administración de su vida, su energía, su dinero, su tiempo. Administrarnos a nosotros mismos nos permite conocer por dónde hacemos agua. Casi siempre es más fácil si alguien nos ve desde afuera. Por ejemplo, en esta casa hay varios focos de humedad. Necesito un maestro mayor de obras que me diga que la humedad es de tal cimiento. Y que esta otra es porque la canaleta está mal puesta. O sea, yo no aspiro a comprender por qué mi casa tiene humedad, le pido a otro que la vea desde afuera.
De la misma manera, mi casa interna necesita ser vista por alguien y la psicoterapia es maravillosa para señalar por dónde está la dificultad y con qué recursos cuento. ¿Por qué voy a creer que es más fácil administrar mi vida que la humedad de mi casa? Mi vida es mucho más compleja.
—A veces asociamos el rol de salvador con nuestra identidad. Pasa a ser un rol que nos gusta ocupar y que alimenta nuestro ego. ¿Creés que la identificación puede ser un obstáculo para transformar este patrón?
—Sí, es un obstáculo. Es un tipo de arrogancia. Me arrogo más de lo que puedo o me arrogo cualidades que en verdad no tengo, y entonces las imposto. Hace muchos años, en una época en la que yo estaba casada, mi marido era adicto a sustancias y yo tardé mucho tiempo en descubrirlo. Ahí estaba mi rol de salvadora en su pleno apogeo. Pensaba: “yo lo haré feliz”, “yo lo salvaré”. Una médica que me atendía en su momento, una vez me dijo: “¿vos a quién te crees que vas a salvar?”. Y yo me quedé estupefacta.
Uno puede dejar de hacer lo que está haciendo por una sumatoria de tomas de conciencia, que a veces vienen desde afuera. La suma de darnos cuenta hace que un día se precipite la acción, que se precipite decir: «hoy vas a entrar en mi pasado”. Así es como pude separarme.
—Al ser tomados por el arquetipo, podemos construir relaciones en las que creemos que somos necesarios. Y en lugar de establecer una simetría, acabamos por elegir relaciones en las que el otro nos supera demasiado en algo o en las que nosotros lo superamos en otras cosas. Se traduce en una dificultad para estar con un par.
—Y eso no tiene cómo salir bien. Si no hay una reciprocidad simétrica, va a funcionar mal. Te diría que pasa hasta con los hijos: ellos necesitan trabajar en el sostenimiento de la casa, en la limpieza, el orden de la casa. Desde chiquitos. De otro modo no tiene cómo terminar bien, porque hay un desorden. Hay un desorden en términos de qué se da y ese desorden humilla al otro, que no puede. Cuando yo creo que sí puedo y el otro no, tarde o temprano va a pegar la patada, como la mula que ya comió. Va a buscar otro lugar donde no sea el pobrecito. En relación a uno mismo, la confusión está en la ecuación de ser necesitado por alguien querido.
El proceso de salida de cualquier arquetipo que nos tenga tomados es de cocción lenta. Estamos en una época donde todo es quick: la sopa instantánea, el café instantáneo, el sexo instantáneo, los vínculos instantáneos. Todo eso será muy instantáneo, pero esto no lo es. Esto se parece más a un embarazo, que tarda ocho, nueve meses. Y hay un momento, después de mucho trabajo, donde el rasgo no está más. No está más significa esto: no está más.
Ahí radica el pleno disfrute de colaborar, colaborar, colaborar. Creo profundamente en la transformación a través de la acción en causas con las que uno se sienta en afinidad. Porque entonces uno ve que necesita trabajar en equipo, que otras personas lo hacen más eficiente, y que uno puede no inmolarse. La verdad es que no hay nadie que merezca que uno se inmole.
—Si pudieras compartir un mensaje final para invitar a que podamos ocupar roles de colaboración que sean saludables y que nos hagan bien tanto a nosotros mismos como a los demás, ¿qué dirías?
—Diría que en la nave Tierra no existen pasajeros, todos somos tripulación. Cada uno tiene algo para hacer. Si nos ha ido mal ejerciendo este arquetipo, el peligro es retraerse y decir: «ya no me importa nada, ya no lo hago más». Claro, no ser más el salvador está bueno. Pero en el núcleo de ese arquetipo hay compasión, hay amor, hay sentido de responsabilidad. Es un arquetipo hermoso, no lo podemos tostar como para que no florezca nada de allí. Tenemos que ver cómo tostarlo para que sea un gran alimento, sin ejercer el autodaño.
Si uno padece de este arquetipo, el punto no es deshacerse de él. El punto es regularlo y comprender qué hay en su sombra. El problema está en la exageración del rasgo. Pero cuando lo trabajamos, podemos convertirnos en grandes colaboradores, en grandes tripulantes de la nave Tierra. Y uno ve qué linda persona puede ser. Colabora, se ocupa, se da cuenta de que es querible, de que es valiosa. Incluso aunque nadie lo diga.
Se necesita encontrar tiempo para uno. Y así es como se va por la antítesis del sufrimiento: por la alegría, el regocijo, la libertad. Es por ahí, es por ahí. Al conquistar esa tierra, el motor ya no es el sufrimiento, sino el respeto por uno mismo y el darnos cuenta de que merecemos ser libres, ser felices.
👉 Leé la nota completa en la Revista Sophia: https://www.sophiaonline.com.ar/el-arquetipo-del-salvador-que-hay-detras-de-querer-rescatar-al-otro/



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