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Los “terceros lugares”, esos espacios que se vuelven un hogar lejos de casa


Los destinos cotidianos donde las personas se encuentran, comparten actividades y hacen comunidad, cultivan el vínculo social más simple y necesario: el de sentirse parte de algo.


El último libro de Rebecca Solnit, crayones de colores y un pilón de hojas blancas sobre la mesa. Alrededor, un grupo de mujeres de diferentes generaciones pasan de tema en tema mientras esperan a que llegue el profesor: las actividades de cada una, el clima, ese hijo que volvió al país. La última en entrar camina con ayuda de un bastón. “¡Buenas tardes, buenas noches!”, saluda. “Te traigo tu silla”, responde otra. Cubiertas por sus abrigos tejidos y convocadas por el amor a la literatura, ellas se encuentran en el club de lectura de la biblioteca todos los lunes por la tarde. Y no es obligación, es ritual. 


Nuestras vidas transcurren en un montón de espacios diversos: la casa y la oficina, el club y los bares; los cines, los parques y los centros culturales; la calle y el tren. Ray Oldenburg, sociólogo estadounidense, acuñó un término que nos ayuda a distinguirlos. Mientras nuestro hogar es el primer lugar y el trabajo es el segundo, los “terceros lugares” son aquellos que frecuentamos de manera informal, recurrente y voluntaria


El café del barrio, las clases de carpintería en la municipalidad, el grupo de meditación en el río, la huerta comunitaria de la vereda, los encuentros de baile siempre en un mismo bar, hasta la peluquería puede ser un tercer lugar. Son espacios sin barreras de entrada ni membresías, en los que nos vinculamos con las mismas personas de manera periódica, entablamos conversaciones y compartimos actividades. De tanto habitarlos, los terceros lugares se tornan familiares. Nos encontramos con las mismas caras y aromas y, por eso, cuando llegamos, nos queremos quedar. 


Un equipo de la Universidad de Cleveland, Estados Unidos, estudió el impacto de los terceros lugares en la calidad de vida de las personas. “El tercer lugar ofrece alivio del estrés de las exigencias cotidianas, tanto de casa como del trabajo. Proporciona el sentimiento de inclusión y pertenencia asociado a la participación en las actividades sociales de un grupo, sin la rigidez de las normas o la exclusividad de un club u organización”, explican. Y agregan: “La preocupación por los centros urbanos no puede ignorar la búsqueda de comunidad. Mientras que muchas personas eligen una vivienda por su valor de reventa o las escuelas del barrio, otras buscan comunidad, un lugar donde conectar con los demás, donde sentirse como en casa”.


No cualquier espacio público es un tercer lugar. Una plaza vacía o en la que no hay interacciones sociales efectivamente no lo es. Pero aquella en la que uno sabe a qué banco ir para encontrarse con “los de siempre” y compartir una ronda de mate, sí. Un espacio se convierte en un tercer lugar cuando está lleno de hilos invisibles que unen a quienes lo habitan.


No alcanza con estar


Cuando estamos en nuestros terceros lugares sentimos que nos esperan. Aunque seamos tan solo una más de los muchos que entran y salen, es posible tener la sutil sensación de ser parte de algo más grande que aloja y da cobijo


El buen clima y la amabilidad son claves para querer permanecer en un sitio. Ahora bien, nuestra actitud para con los demás también lo es. Son gestos, detalles, que hacen a la calidad de nuestra presencia: llamar al otro por su nombre, dejar a un lado el celular, hacer preguntas que demuestran interés, detenerse a escuchar con atención, mirar a los ojos cuando alguien nos cuenta cómo está o cómo le fue en el cumpleaños de su hija. La pertenencia se construye a partir de interacciones cercanas y recíprocas


Gracias a la acumulación de momentos compartidos, un lugar que supo ser extraño comienza a ofrecernos la experiencia de intimidad. Sin planificarlo, un ambiente físico, un conjunto de seres humanos y un motivo concreto para reunirse se combinan para regalarnos el placer de ser parte.



Donde la diferencia es posible


Los terceros lugares no son ostentosos. Al contrario, son espacios por los que transcurrimos a diario sin que llamen demasiado nuestra atención. Sin embargo, desde su simpleza, ocupan un rol esencial en la vida social: nos permiten encontrarnos con personas que piensan diferente y que nos traen ideas nuevas, que tal vez no se presentan en nuestro círculo íntimo. Al vincularnos con desconocidos, nos enfrentamos a conversaciones diversas que pueden expandir nuestros puntos de vista. 


En una nota publicada por la UNESCO en 2023, escrita por la editora Karen Christensen y el propio Ray Oldenburg, se explica que este fenómeno no es nuevo. En el siglo XVII, en Inglaterra, el rey Carlos II intentó prohibir los cafés por ser un espacio predilecto para los debates políticos. Pero tal fue la protesta que tuvo que revertir su decisión. Sus fanáticos lo defendieron por tratarse de un lugar de libre expresión, “embrión de democracia donde predominaba cierta forma de igualdad”.  


En los tiempos que corren, tenemos la posibilidad de tomar una clase de yoga, encargar comida, trabajar desde un sillón, invertir en la bolsa, comprar un regalo y hasta conocer pareja con un click en la pantalla. Podemos conseguir muchos resultados desde la comodidad de nuestra casa.


El crecimiento de las interacciones virtuales también tiene un lado b. Al necesitar cada vez menos espacios físicos para generar intercambios, nos perdemos del disfrute del contacto, de la posibilidad de conocer nuevas personas y de convivir con otros fuera del ámbito privado. Sin darnos cuenta, el aislamiento y la soledad pueden crecer a raíz de abandonar estas pequeñas comunidades. 


Volver al encuentro


La buena noticia es que los terceros lugares todavía existen. Y no solo existen: están llenos de alegría y vitalidad. Están en las ferias populares de los domingos, en el centro de jubilados donde se juega al bingo, en el taller de costura de la parroquia, en el café donde el mozo ya sabe el pedido antes de que uno se lo diga. Están donde hay gente que se encuentra y se espera, aunque nadie lo haga explícito.


Cuando los followers, los match de Tinder y las conferencias por Zoom abundan, los espacios de encuentro presencial se tornan necesidad y privilegio. Como sostienen Christensen y Oldenburg, “Sería difícil afirmar que ha desaparecido la necesidad de este tipo de vínculo social. Aunque aquellos vibrantes terceros lugares llenos de vida ahora son más escasos, todavía se pueden identificar los factores que contribuyen a su supervivencia y florecimiento”. En esta línea, destacan: “Es momento de revitalizar el tercer lugar para discusiones, debates, camaradería y buen humor. Necesitamos ver a nuestros amigos y vecinos, y rodearnos de gente que no conocemos. El tercer lugar se sitúa en el centro de nuestra búsqueda de una vida mejor”.


Volver al encuentro, volver a lo público, volver a lo comunitario puede aportar un enorme valor a nuestras vidas. Porque ahí descubrimos que todavía hay espacio para lo que nos hace bien: un saludo, una mirada, que nos esperen sin decirlo y nos llamen por nuestro nombre.


 
 
 

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