«Vivir en comunidad fue una experiencia bisagra»
- ineinsua
- Dec 3, 2025
- 6 min read

¿Cómo es compartir la vida junto a veinte personas, eligiéndose mutuamente cada día? Un relato sobre la transformadora experiencia de pasar casi un año en comunidad.
Tengo conmigo el cuaderno que pinté de rojo y que me acompañó durante el tiempo que viví en comunidad. Leo lo que dice la primera página.
26 de febrero, 2020
Hoy comienza el tan esperado período de incubación. Siento miedo, aunque me gustaría poder escribir otra cosa. Miedo a mi propia debilidad, a abandonar el proceso, a desistir. Miedo a mi propia exigencia, que puede acabar por transmutar algo que supone luz en sombra.
Al mismo tiempo, me invito a mirarme y a mirarnos desde arriba. Un grupo de seres humanos que anhelan una vida plena. Que se preguntan cómo quieren vivir, que intuyen que se puede vivir mejor si estamos juntos y alineados.
Y así es como siento, de a poco, cómo una alegría se apodera de mis entrañas. Comienzo a sonreír. Siento la certeza de que este camino tiene corazón. No importa a dónde nos lleve sino lo que nos permitamos experimentar mientras andemos.
El “período de incubación” fue el tiempo que unas veinte personas y yo dedicamos a prepararnos antes de irnos a vivir juntas, en comunidad. Nos organizamos en pequeños grupos, cada uno encargado de diferentes temas, desde las prácticas de trabajo interior hasta las finanzas y el modo de gobernanza que implementaríamos. Más allá de algunos vínculos particulares, como grupo nos conocíamos muy poco y la incubación fue una forma de empezar a entrar en confianza.
Saco la cuenta. El 26 de febrero de 2020 yo tenía 22 años y era una de las principales propulsoras de esta iniciativa que, en mi caso, fue una escuela de vida.
La convivencia
Nuestra vida en comunidad duró casi un año. Cuando arrancamos todavía no habíamos decidido qué lugar sería la sede definitiva, por lo que convivimos en lugares diferentes –en su mayoría, en entornos naturales– y siempre juntos en una misma casa, donde fuera que estuviéramos.
La rutina era más o menos así. Nos levantábamos a las siete, para empezar el día meditando en un semicírculo y seguir con un rato de yoga, danza o alguna lectura que nos convocara, como el Libro Rojo de Jung o un poema que nos gustara mucho. Luego cada quien seguía con sus compromisos: algunos trabajábamos online y otros hacían actividades ahí mismo. Después de las seis solíamos tener talleres o reuniones para tratar temas que nos incumbían como grupo. Almorzábamos y cenábamos siempre juntos, siguiendo una grilla de turnos para cocinar y lavar, y dándonos un tiempo para agradecer antes de cada comida. Los fines de semana eran un buen momento para tener conversaciones más extensas acerca de cómo venía la convivencia y tomar decisiones acerca de los proyectos que teníamos a futuro.
Además de las charlas, las caminatas largas y las rondas alrededor del fuego, nos unía una épica potente: soñábamos con habilitar una forma de vida diferente a la que conocíamos, en la que nuestra vida espiritual, el cuidado de la naturaleza y el servicio fueran protagonistas. En mi fuero interno, sentía que estábamos construyendo un camino que abriría, para el grupo y para muchos otros, la posibilidad de vivir más plenamente. Tenía muchas preguntas pero, al mismo tiempo, me sentía valiente y auténtica.
Lo que me dejó
Vivir en comunidad fue una experiencia bisagra que, en poco tiempo, sembró en mí muchas enseñanzas.
Lo primero que aprendí es que cualquier persona cercana puede ser una gran maestra. No importa su edad, lugar de origen o trayectoria: cada quien es una puerta a encontrarnos con una forma de entender el mundo que nadie más tiene, siempre y cuando realmente me disponga a escuchar con apertura.
Convivir con casi desconocidos me hizo dar cuenta de que las formas importan. Que cumplir con acuerdos es respetar a quien tengo enfrente. Que el lugar que ocupo, el ruido que hago, los hábitos que tengo y las palabras que uso tienen eco en otros. Que dejar un espacio limpio y ordenado es cuidar al próximo que venga y ahorrarle la necesidad de hacerlo. Que una tarea tan simple como barrer puede convertirse en una práctica de conciencia plena.
La comunidad me permitió correrme de mi propio eje. Entendí que hay un otro o una otra que, como yo, desea satisfacer sus necesidades y deseos y que mis propias conductas pueden funcionar como posibilidad o como obstáculo para su desarrollo. Recordé que mi bienestar no es la única prioridad, sino que soy parte de un todo más grande en el que tengo incidencia y que a su vez me impacta.
Haberme comprometido con el proyecto, mientras duró, me permitió comprender que tener sueños individuales es genial, pero que compartirlos con otros es de una fuerza inmensa. Aprendí que gestionar la realidad concreta para pasar de la proyección a la práctica es mucho más complejo de lo que parece. Porque lo que yo imagino nunca es exactamente lo que el otro imagina. Para crear y transformar la materia que somos, no alcanza solo con tener ideas. Se necesita planificación, recursos, voluntades alineadas, capacidad de renunciar a satisfacciones inmediatas, esfuerzo sostenido. Aprendí también que incluso una acción imperfecta tiene más valor que cualquier proyecto inmaculado que nunca sale de la mente.
Después de esta vivencia, admiro más que nunca los caminos espirituales tradicionales, esos que vienen siendo transitados hace miles de años por tantas generaciones que nos precedieron. Al pretender acompañar el despliegue de la vida espiritual, propia y ajena, comprendí que se trata de una tarea titánica. Hoy veo a las religiones como caminos a través de los cuales diferentes grupos humanos construyen relatos, creencias y ritos para acercarse al misterio y ofrecer sentido. Y creo que merecen un respeto muy grande.
Cambiar de rumbo
Con el correr de los meses empecé a sentir una disociación interna. La mayoría de mis amigos de 22 años seguía viviendo con sus familias, cursando la facultad y saliendo los sábados a la noche. Me costaba explicarle a mis pares lo que estaba viviendo y, aunque trabajaba de manera remota en una organización social –algo que encajaba con el status quo–, lo cierto es que mi rutina, conversaciones y anhelos eran muy diferentes a los de mi entorno de origen.
Recuerdo un sábado a la tarde con una de mis amigas de la comunidad, casi cuarenta años mayor que yo y madre de dos hijas de mi misma edad. Al mirarnos, entendí que estábamos llevando el mismo estilo de vida y que, en lo personal, no quería saltarme tantas etapas. En ese momento sentí que necesitaba abrir otras puertas. Joven, llena de energía y con una enorme ambición académica y profesional, deseaba ampliar mis espacios de participación social, conocer a otras personas, seguir estudiando, crecer laboralmente, formar pareja, desafiarme más. Empecé a pensar que, si continuaba en ese contexto, mi mundo empezaría a cerrarse en lugar de ampliarse. Después de mucho pensarlo, decidí continuar mi vida fuera del proyecto.
Comunidad ya somos
Hace unas semanas cumplí 28 años. Vivo en un departamento con una amiga, trabajo frente a la computadora todo el día y estoy terminando una maestría en dirección de empresas –palabra que, durante mucho tiempo, no existió en mi diccionario–. Volví a comer carne, me tiño el pelo, voy al gimnasio y salgo a bailar. Si le preguntaras a la Ine que vivía en comunidad dónde iba a estar hoy, tal vez respondería algo muy distinto a esta descripción. A veces me pregunto si me fallé a mí misma, si abandoné mi búsqueda. Pero la respuesta es no: lo que me movía entonces y lo que me mueve hoy es lo mismo. La transformación humana, individual y colectiva, sigue siendo el centro. Solo que, en este momento, la busco desde un lugar menos llamativo por lo alternativo y más integrada a la trama urbana.
Al final, creo que construir comunidad no depende tanto de la forma como de la conciencia. Intuyo que pasa por elecciones pequeñas y diarias: mirar a los ojos, escuchar con atención, saludar a los vecinos, cuidar lo público, registrar el impacto de nuestras decisiones en lo colectivo. Es celebrar lo diverso, experimentar la pertenencia, reconocer lo sagrado en el otro y comprendernos como habitantes de una Casa Común. No es un proyecto más: es la vida misma, cada vez que reconocemos y honramos el entramado del que formamos parte.
👉 Leé la nota completa en la Revista Sophia: https://www.sophiaonline.com.ar/vivir-en-comunidad-fue-una-experiencia-bisagra/



Comments